Lectura recomendada 01

25.02.2014 02:48

 

Los zapatos amarillos

Por: Felipe González Toledo

Un muchacho santandereano, descarriado y andariego, emigró de su tierra y llegó a Bogotá hacia finales de 1945. Su familia, de regular posición, estaba acostumbrada a las andanzas del díscolo adolescente, y poco y nada se ocupo de su suerte. En Bogotá, el recién llegado fue un varado más. Ni siquiera intentó buscar trabajo. Con pequeños hurtos atendía su sustento, y casi siempre pasaba la noche en un parque o en la compañía de otros vagabundos que se entretenían viendo jugar billar en las cantinas trasnochadoras.

En su ir y venir sin rumbo, el desprotegido forastero conoció a un joven vendedor de helados. Ese conocimiento se convirtió en amistad, y el muchacho de los helados abundaba de la mejor buena fe en consejos a su nuevo amigo. Cuando se enteró de que el vagabundo pasaba las noches a la intemperie, lo invitó a dormir bajo techo en una piecita que tenía al sur del bajo San Victorino. En un junco que le compró el amigo se acomodó el vagabundo, y solía llegar a la piecita de inquilinato bien pasada la noche. El que pudiera llamarse "el dueño de la casa" madrugaba a sacar el rudimentario carrito que empleaba en su negocio. Lo dejaba a guardar en la vivienda de un amigo que también vendía helados, para luego ir hasta la fábrica a proveerse de mercancía.

El huésped del joven vendedor de helados comenzó a abusar en las horas de llegada ya fastidiar con su desorden y su desaseo. Esta situación dio lugar a que Pedrito, que así se llamaba el vendedor, le confiara sus cuitas a "Cafián", un vendedor de helados, ya bien entrado en años, y este "Cafián" fue el que inició a Pedrito en el negocio. Entre los dos vendedores había gran diferencia de años, fácilmente "Cafián" triplicaba la edad de Pedrito, y esta distancia cronológica dio pábulo a decires, que bien o mal podrían ser verdades, pero eso no viene al cuento. Allá ellos, aunque ese "allá" no se sabe dónde es. Porque Pedrito murió trágicamente, siendo muy joven, y "Cafián" debe haberse muerto de viejo.

-Hola, Pedrito, tiene que darme mi remojo.

Así le dijo "Cafián" a su joven amigo cuando notó que estaba estrenando un par de zapatos amarillos. Con cumplidos y chanzas, los dos vendedores de helados celebraron la novedad, de la cual Pedrito estaba muy satisfecho. También le gustaron mucho los zapatos al indeseable huésped de Pedro, quien los contempló mientras hacía mentalmente una comparación con los suyos propios, desastrosamente deteriorados.

El forastero de esta historia era de 22 años o muy poco más; no tenía documento alguno de identidad, y decía que se llamaba Félix Galvis, pero siempre fue llamado en su vida delictiva y carcelaria el "Mono Galvis". Era un tipo sumamente extraño y se caracterizaba por su frialdad. Parecía, moralmente, un insensible total. Lejos de agradecer el hospedaje que le brindó el vendedor de helados, se portaba con él con la mayor ordinariez. Continuó entregado a su vida nocturna y muy rara vez llegaba a la pieza sin haber consumído algunos "pipos", casi siempre más de la cuenta.

Una vez, a eso de las dos y media de la mañana, llegó al alojamiento muy "bien medido", y encontró la puerta de la pieza bien trancada por dentro. En realidad, "Cafián", cuando Pedrito se quejaba de su huésped, le aconsejó que trancara la puerta y no le abriera. Bajo el efecto de los "pipos", el "Mono Galvis" a tan avanzada hora fomentó un escándalo que comprometió a Pedrito a abrirle la puerta, para no perjudicar a los vecinos. Enfurecido, Galvis insultó a su protector, quien cobarde o prudentemente se metió otra vez entre su cama, vuelto para el rincón.

-Cállese y no sobe más -fue la única protesta del ofendido.

Enloquecido por el "pipo", Galvis enarboló la pesada tranca de la puerta y con la violencia de que fue capaz la descargó sobre la cabeza del infortunado vendedor callejero. Echó luego mano de un punzón de partir hielo que Pedro tenía sobre la mesa y lo acribilló para rematarlo. Es posible que el choque sicológico sufrido por el vagabundo le hubiera espantado los "pipos". Es lo cierto que con su habitual frialdad trató de borrar los rastros de su atroz crimen, y pensó que lo primero por hacer era salir del cadáver. Sin perder ni un minuto acabó de desnudar al muerto y lo embutió entre un costal que el malvado acostumbraba doblar para usarlo como almohada. Pedrito era pequeño y holgadamente cupo entre el costal. Tanto que sobraron las puntas para amarrarlas y dejar el bulto fuertemente cerrado.

En los días inmediatamente siguientes, "Cafián" echó de menos a su compañero de trabajo, pero su actividad diaria le impidió buscarlo. Al domingo siguiente "Cafián" fue a vender helados a la "Media Torta", donde el espectáculo de ese día atraía mucho público. Cuando pasaba por las graderías ofreciendo su mercancía "Cafián" vio la cara del huésped de su amigo Pedrito. y algo más se apoderó de su atención, al darse cuenta de que el vagabundo tenía puestos los zapatos amarillos. No lo pensó más, y esa misma tarde se acercó a un juzgado permanente y comunicó sus sospechas.

Precisamente el día anterior había sido hallado en el lecho del río San Agustín, bajo el puente de la carrera 24, un bulto picoteado por los gallinazos. Con su rebusque, los gallinazos habían dejado entrever la presencia de algo macabro, y mediante la intervención de los funcionarios de policía fue sacado el costal a la orilla del río, se abrió y se descubrió un cadáver. En el mismo juzgado permanente, "Cafián" tuvo la noticia del hallazgo y voló a la morgue de Medicina Legal, donde reconoció a su desgraciado amigo. Buscar al "Mono Galvis" fue la primera actividad enfocada por la policía. Desde luego, los zapatos amarillos eran una de las pistas a seguir para dar con el criminal.

No fue difícil dar con el "Mono Galvis", quien luciendo los zapatos se encontraba en un cafetín de San Victorino. Ante la policía y más tarde ante el juez de instrucción, Galvis se encastilló en una negativa rotunda. En rueda de presos fue reconocido por "Cafián", quien al "éste es", de rigor en tales diligencias, agregó unas palabrotas contra el criminal.

En los calabozos, Galvis cambió los zapatos amarillos por otros con un compañero de cautiverio, ingenioso recurso que de nada habría de servirle, y escuchó consejos de avezados delincuentes, para que se sostuviera en la negativa, porque no existiendo pruebas tendrían que dejarlo en libertad.

Entre interrogatorios y contra interrogatorios transcurrió la instrucción sumaria y se llegó a la certidumbre de que Galvis era el autor del crimen. Inclusive en los calabozos fueron recuperados los zapatos amarillos, pero ante los mismos policías que lo capturaron insistió en la negativa. Con otro cronista esperábamos la salida del "Mono" después de una larga diligencia, y cuando salió, lo invitamos con los detectives que lo conducían a tomar alguna cosa en un bar cercano al edificio de los tribunales.

-Pero no bebidas alcohólicas -dijo uno de los guardianes.

-Yo nunca tomo esas porquerías -respondió el "Mono".

Entramos al bar y pedimos cuatro cervezas para los dos guardianes y los dos periodistas. El "Mono Galvis" pidió una gaseosa y un pan. Le hice el ofrecimiento de que además le daría unos centavos. Y echamos a conversar.

-Usted está perdido, "Mono" -le dije y le aconsejé que confesara el delito. Los demás acompañantes opinaron de la misma manera. Le hicimos reflexiones y casi le garantizamos que fácilmente saldría del lío y pronto quedaría libre. El criminal atendió nuestros consejos y confesó todo, sin omitir detalles.

La frialdad, característica que sólo es común entre los criminales de alta peligrosidad y de larga experiencia, era la señal más notable de la personalidad del "Mono Galvis". Una noche, poco después de la confesión, el investigador del crimen, doctor Luis Becerra López, llevó ala práctica la diligencia de reconstrucción de los hechos. y esta fue la oportunidad más apropiada que tuve para sondear y conocer el alma diabólica del joven delincuente.

Con una sencillez desconcertante por lo simple, dentro de la piecita que ocupó el muchacho vendedor de helados, el "Mono Galvis" hizo un objetivo recuento del asesinato. Inclusive se cambió su calzado por los zapatos amarillos, que el juez había hecho llevar para completar la "utilería" de la macabra representación.

-¿Podré quedarme con ellos? -me dijo en voz baja, a tiempo que señalaba los flamantes zapatos que en esta ocasión había vuelto a usar.

- Yo creo que sí... hágase el pendejo -le aconsejé a manera de consolación.

De 450 a 500 metros, aproximadamente, era la distancia que teníamos que recorrer desde el inquilinato hasta la orilla del río San Agustín, lugar donde se deshizo del cadáver. El bulto había sido preparado en un costal conseguido por los detectives, en el cual el mismo Galvis embutió, a instrucciones del investigador, las almohadas y las cobijas de la víctima. Lo cerró Galvis tal como lo había hecho minutos después del crimen. Parecía casi alegre con el liviano bulto al hombro.

Y usted no se cansaba con el muerto al hombro? -le pregunté.

-Claro que sí -respondió-, porque eso pesaba mucho más. El juez Becerra López le ordenó:

-Descanse, pues. El "Mono" descargó el bulto y despreocupadamente se sentó encima.

-Y usted -lo interrogó el juez- ¿se sentaba sobre el cadáver?

-Sí, señor... -contestó el "Mono" un poco vacilante, quizás pensando que este detalle podría perjudicarlo.

Los presentes, asombrados, nos miramos unos a otros al presenciar esta demostración de insensibilidad del criminal. Algo debió entender, porque cuando el juez le ordenó que nuevamente tomara un descanso, descargó el bulto pero permaneció de pie. Señaló el lugar donde había arrojado su macabra carga al río San Agustín, y advertido por el juez no botó al agua el bulto empleado para el simulacro. Con su contenido de almohadas y cobijas, el costal fue devuelto a la piecita de inquilinato. Allí mismo el secretario del juzgado escribió los detalles de la diligencia; los funcionarios y el sindicado, lo mismo que su apoderado de oficio, estamparon su firma, y en seguida el "Mono Galvis" fue devuelto a la cárcel Modelo.

La fuga del "Mono Galvis", porque el "Mono" se fugó y se fue con todos sus compañeros de la cárcel Modelo, fue el 9 de abril de 1948, cuando el asesinato de Gaitán dio lugar a atroces desórdenes y se abrieron las puertas de las cárceles de Bogotá.

Entre los tranquilos prófugos de esa fecha se contó el famoso exclérigo Juan Clímaco Arenas, a quien pocos días después me encontré en la Plaza de Bolívar, esquina sur de la catedral. Desde el lugar del encuentro teníamos a la vista las ruinas ennegrecidas del viejo Palacio de Justicia, y Arenas, en su acostumbrado modo juguetón, señalando hacia arriba, me dijo:

-Hace falta una reforma judicial que adopte el sistema de la candela. Fíjate que las llamas sustanciaron y fallaron todos los negocios en menos de un par de horas.

Y el clérigo se despidió y siguió tan despreocupado por la Calle Real.

El expediente del proceso contra el "Mono Galvis" también se quemó, pero él, menos optimista que el es clérigo, echó camino hacia Santander, su tierra. "Colinchando" en los pocos camiones que pasaban para el norte, pudo llegar hasta Chocontá, donde lo detuvo una patrulla. Como habían despachado circulares a todas partes, pidiendo la captura de los sospechosos, sometieron al viajero aun interrogatorio, y aquí fue donde el "Mono" dio la mayor demostración de su frescura. A las preguntas de los representantes de la autoridad, respondió sin inmutarse:

-Me llamo Félix Galvis. Soy santandereano. Entre los horrores ocurridos en Bogotá, se incendió la casa donde yo vivía y trabajaba. Así que me quedé sin vivienda, sin comida y sin trabajo, y resolví volver a mi tierra. Ahí, he venido, poco a poco por la carretera, a raticos colinchado de los camiones, pero qué vamos a hacer...

A nuevas preguntas de las autoridades chocontanas, respondió sin vacilar:

-En Bogotá me conocen el doctor Humberto Barrera, el doctor Marco Sanabria Osorio y otro doctor llamado Roberto Ordóñez Peralta, todos santandereanos.

El "Mono Galvis" mintió por omisión, pero en realidad no expresó ninguna mentira. En verdad su casa era la cárcel Modelo, donde además de alojamiento tenía segura la alimentación. En cuanto a las personas que conocía y podían garantizar su honradez y buen comportamiento, el doctor Barrera desempeñaba el cargo de juez tercero superior, y en su despacho cursaba el proceso contra Galvis; el doctor Marco Sanabria Osorio era personero delegado en lo penal, y tuvo intervención, como representante del ministerio público, en la iniciación del sumario, y con el doctor Ordóñez Peralta su "relación" fue más fugaz. Cuando el doctor Ordóñez conversaba con alguien frente al juzgado, lo vio el investigador Becerra López, quien lo llamó para que asistiera como apoderado de oficio aun sindicado.

-Bueno -respondió el doctor Ordóñez-. Vayan escribiendo la introducción a la diligencia que yo vengo dentro de un ratico.

Efectivamente, todas las personas que mencionó lo conocían, y todas ellas eran importantes. La patrulla le dijo que podía seguir su camino, y un cabo, al darle unos centavos, le dijo:

-Para que tomes una gaseosa...

Esta fue la última noticia que se tuvo del "Mono Galvis", que además fue ilustrada con la más fiel fotografía de su personalidad.

Por entonces se fue generalizando la violencia en Boyacá y Santander. Resulta poco menos que increíble que un tipo de tan acusada capacidad criminal no hubiera vuelto a figurar en caso alguno, Siempre he creído que por el camino a su tierra debieron matarlo. Esta es una simple hipótesis, pero resulta aceptable el cálculo de que un hombre que fue capaz de asesinar a su protector sólo para robarle un par de zapatos amarillos, si le quedó algo de vida, debió perpetrar muchísimos crímenes más.

Y no es para pensar la cara que pondrían el cabo y sus subalternos al leer en la prensa y oír en la radio la lista de los principales prófugos del 9 de abril.

El "Mono Galvis", por su espantable asesinato, no alcanzó a completar dos años en la cárcel, pero éste debió ser tiempo suficiente para que aprendiera entre sus compañeros muchas cosas más. En fin, nunca se supo más del "Mono", ni se puede intuir hasta dónde lo llevaron los zapatos amarillos del infortunado vendedor ambulante de helados.

Fuente: https://www.banrepcultural.org/blaavirtual/literatura/veintecronicas/06.htm

Contacto

Katherine Tobón Giraldo

Fundación Universitaria Luís Amigó

Sigue nuestro sitio web y motívate a escribir con gran imaginación